Editorial 356 – La importancia de no perder las formas

La verdadera grandeza de los bous al carrer no reside en la espectacularidad ni en los toros más imponentes, sino en la participación del pueblo y el respeto a las formas tradicionales. Es importante mantener viva la identidad de la fiesta y evitar el riesgo de convertirla en un espectáculo elitista, centrado en unos pocos. La fiesta pertenece a la gente, a su diversidad y a su tradición, y solo así puede garantizarse su continuidad y su futuro.

En los últimos años hemos sido testigos de un auge evidente en los festejos taurinos de las grandes poblaciones. Encierros multitudinarios, toros de imponente presencia, ganaderías prestigiosas y una expectación creciente parecen explicar por sí solas este éxito. Sin embargo, conviene no olvidar que la grandeza de un día de toros nunca ha residido únicamente en la calidad del animal ni en la espectacularidad del acto. Lo que realmente convierte un festejo en un día grande es la participación del pueblo, la implicación de los vecinos y esa emoción compartida que convierte un día taurino en un acontecimiento social y cultural que el pueblo entero reconoce como propio.

Los toros son mucho más que abrir un cajón o buscar los mejores lances. Son cultura, rito e identidad; son memoria y pertenencia. Encierran un componente antropológico profundo, que ninguna moda ni tendencia debe sustituir: la transmisión generacional. Cada familia, cada grupo, cada calle vive “su” día de toros como un punto de encuentro que forma parte de la vida del pueblo. Y es así porque cada persona vive el festejo a su manera, y todas esas maneras son válidas y necesarias para que la tradición siga siendo un motor social.

Por eso es fundamental comprender que no existe una única forma correcta de vivir un festejo. No siente lo mismo un niño que empieza a descubrir el ambiente desde la barrera, que un adolescente que sueña con ponerse delante; ni lo vive igual un joven en plenitud física, un aficionado veterano o quien simplemente disfruta de la fiesta desde su casa o su peña rodeado de familia y amigos. Esa diversidad de vivencias es precisamente lo que hace grande la tradición.

A lo largo de mis años al frente de esta publicación he visto pasar muchas generaciones de aficionados… Muchos de los que un día creyeron tener la clave de lo que debía ser un festejo acabaron distanciándose cuando la vida les marcó otros caminos. La fiesta es más grande que cualquiera de nosotros. Por eso es tan importante no perder el respeto a las formas tradicionales, que no son una reliquia del pasado, sino la arquitectura emocional que sostiene la identidad de los festejos.

Y dentro de esa tradición, hay algo esencial que no debemos perder: la importancia de que las reses recorran el recinto. Tan significativa es una suelta de toros como una tarde de vacas, o unas vacas tras los cerriles allí donde siempre se ha hecho así. Cuando una res recorre las calles, la fiesta se expande: los niños la viven desde la puerta de casa, los mayores recuerdan otros tiempos y la afición crece con naturalidad.

Por eso, personalmente, tengo claro que es más valioso un toro que recorra el pueblo y sea disfrutado en cada rincón, que un astado emplazado en un punto fijo para ver quiebros de concurso. Reducir un día grande a una única zona no fortalece la fiesta: la limita.

La historia del campo bravo está llena de ejemplos de ganaderías moldeadas en exceso para una figura concreta. Algo similar puede ocurrir en la calle si convertimos el festejo en un espectáculo controlado, donde unos pocos protagonizan y muchos miran. La fiesta más viva es la que mayor participación genera. La grandeza no está en una élite, sino en la pluralidad.

En un momento en el que se habla tanto de innovación, profesionalización o espectacularidad, conviene recordar algo esencial: un festejo pierde su alma cuando deja de parecerse a su gente. Cuando la tradición se diluye en modas o intereses particulares, la fiesta se empobrece.

Mantener vivas las formas tradicionales no es mirar atrás; es avanzar sin perder el origen. La fiesta existe porque pertenece al pueblo, porque se vive en la calle y porque une generaciones.

Cuando una res pasa por cada calle, la fiesta se multiplica. Cuando se abre el festejo, crece la afición. Cuando se respetan las tradiciones, se asegura el futuro.
Perder las formas no es evolucionar: es vaciar la fiesta por dentro. Y eso, sencillamente, no podemos permitirlo.

Porque, al final, el mayor tesoro de los bous al carrer no es el toro: es la gente que lo acompaña.

Manolo Moreno Comes
Director Els Bous la Nostra Festa

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